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Presentación del monográfico sobre Fernando González

Sobre Fernando González hay muchas páginas luminosas escritas por amigos, escritores, discípulos, y críticos. Un lugar principal han tenido algunos nadaístas en la amorosa reconstrucción de los recuerdos de su amistad y en la continuidad de la memoria de Fernando González. Gonzalo Arango elogió su autenticidad, las enseñanzas recibidas en la búsqueda de sí mismo, las lúcidas reflexiones mientras caminaba, el esfuerzo por desarmar las mentiras de su tiempo, y el orgullo que sentía frente a lo latinoamericano. Eduardo Escobar ha destacado la honradez y el coraje intelectual, la originalidad y vigencia de su pensamiento, la claridad y el humor de su escritura, y su honda y reflexiva interioridad... Entre otros escritores, Alberto Aguirre explicó los múltiples valores de su prosa, su transparencia y precisión, admiró su amor por la vida y sus importantes valores personales, ignorados y negados en su tiempo, y William Ospina señaló su condición de poeta, soñador, y místico.

Fernando González, un pensador en contravía

Fernando González, nacido en Envigado en 1895, inició sus estudios cuando apenas concluia la larga y sangrienta guerra de los mil días, que cerró el lamentable ciclo de guerras civiles durante el siglo diecinueve. Antioquia salía victoriosa de esa contienda pues había sido baluarte del partido gobernante, el triunfador. Con entusiasmo varios comerciantes y empresarios se lanzaron a fundar industrias en Medellín y municipios vecinos, aprovechando tanto los recursos monetarios acumulados en la exportación de oro y café como la mano de obra capacitada, primordialmente en instituciones como la Escuela de Minas o la Escuela de Artes y Oficios, y en menor medida en  establecimientos fabriles existentes desde el siglo precedente. La antigua villa avanzaba lentamente en el paso de aldea a ciudad, al disponer de energía eléctrica, para el alumbrado público y privado y en menor escala para la industria naciente, planta de teléfonos y los primeros automóviles; pronto vería ampliar y modernizar las redes de acueducto y tender los rieles para el tranvía.

Fernando González entre lo íntimo y lo privado

Fernando González en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera se hace voz presente, se funde con el narrador y dice: “está usted creyendo que el padre Elías es “una pieza de arte”, de esa inmundicia que el mundo llama arte. Sepa de una vez que esta es mi Tragicomedia del padre Elías”.

Fernando González y los nadaístas -Carta a don Guillermo Cano-

Señor Director: cuando apareció el nadaísmo en 1958 los primeros en poner el clamor en el cielo fueron los escritores con vocación de momia consagrada, en turno de mortaja y laurel. A nosotros nos divertían sus aspavientos, en vez de ofendernos. Además, nos eran útiles. Como ellos tenían acceso pacífico a los diarios (nosotros debíamos cometer descabellados desmanes, promover escándalos sacrílegos para ser escuchados), sus pataletas públicas nos ahorraban persecuciones, calambres y linchamientos, las enormes cabezas vacías y puras hacían de cajas de resonancia. Podríamos confesar aquí que nuestra pésima fama de cuya hediondez estuvimos orgullosos, la debemos más a sus iras, que al talento y que a nuestro geniazo impúdicamente confesado.

«Viaje a pie» de Fernando González

El curioso lector habrá notado que la mayor parte de las obras literarias universalmente difundidas y admiradas son descripciones de viajes reales o ficticios. La Odisea, la Divina Comedia, el Quijote, los Viajes de Gulliver, Erewhon, son a manera de capas geológicas en el corte de una civilización, desde sus primeros fundamentos hasta su culminación o decadencia, según queramos verla. El mundo griego antiguo se caracterizó ante la posteridad con un libro de viajes. El itinerario de Dante en el otro mundo guarda el pensamiento de la Edad Media como en un estuche de cristal y oro.

Eduardo Escobar habla sobre Fernando González

- ¿Qué tan cercano fue usted de Fernando González? La verdad es que yo fui un poco descuidado con Fernando González y no fui a visitarlo tanto como debiera haber hecho. Yo estaba  en la edad de perseguir muchachas, con relativo éxito además, y usted sabrá perdonarme como yo me perdoné, que me interesara más averiguar a qué olían las ninfetas de la carrera Junín, en Medellín, y qué música guardaban, que espigar en los pensamientos  de los filósofos por inteligentes e intrigantes que fueran...

Fernando González

Desde que el hombre abandonó la metafísica, no hay sino muerte, decía. Y que la cultura consistía en aprender a morir.