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Conversación con Eduardo Escobar

- Usted se fue muy pequeño de la casa... Mi familia apenas me soportaba y comencé a vivir solo muy temprano, lo cual me permitió conocer a fondo las miserias del abandono. Pero encontré entre los nadaístas una familia sucedánea. Y conté con el afecto de algunas mujeres que me acogieron, tal vez enternecidas por mi desamparo. Puedo decir que la expulsión del hogar me dio también algunos privilegios. La amistad y el amor. Y sobre todo la libertad del lobo. Y el gusto por la aventura. Me di al vagabundeo y conocí el país en sus recovecos más amargos y en sus almas mas queridas...

«Cuando nada concuerda», de Eduardo Escobar

De Eduardo Escobar he visto algunas fotos y quizás dos videos, entre los cuales uno en el que responde a ciertas preguntas de Gloria Valencia de Castaño. Maravillas de internet que pretenden suplantar la presencia pura, para decirlo de algún modo. Maravilla, insisto, ya que es por ese medio que he conocido al Eduardo Escobar de carne y hueso; aunque virtual para mí, pues resido en un país muy lejano de su San Francisco cundinamarqués. Pues bien, esa presencia se me impone ahora con todo su peso, metido como estoy en su Cuando nada concuerda. Placer de lectura.

Mi deuda con María Zambrano

1. En un lúcido ensayo incluído en El Espectador, titulado Democracia morbosa, su autor, José Ortega y Gasset dice descreer de quienquiera que afirme que es “ante todo demócrata”, porque el encuadramiento político no es una actitud originaria sino derivada de una decisión previa y más honda que podemos llamar ética.

El humanismo de María Zambrano: del caos al delirio de persecución

La pensadora española María Zambrano (1904-1991), siendo muy joven, hacia mediados de la década de los 20, realizó estudios de filosofía con Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, pero desde los primeros escritos sus temas y su orientación filosófica muestran influencias muy marcadas de Spinoza, Nietzsche y Heidegger. Tanto que la sabiduría del primero pareciera contener su estilo, que por momentos se sostiene entre la expresión arrebatada del segundo y el tono severo de este último.

María Zambrano: el camino del hombre

Siempre he dicho que mi formación ha sido humanista, y que debo las primeras incitaciones a mi labor sobre el lenguaje y las letras a la formación clásica que recibí en la Universidad de Cuyo. Sin desdeñar anticipos de esa etapa en maestros de mi adolescencia, de Santa Fe y Paraná, podría decir que las conferencias de Irineo Fernando Cruz sobre la obra homérica, complementadas por las lecciones de Vicente Cicchitti sobre los poetas-filósofos presocráticos, y las lecciones de Alfonso Sola González sobre la poesía occidental, abrieron para mí el tesoro de la tradición humanista a partir de 1948.

María Zambrano: el partido por el hombre

Hay en la España de ahora una pléyade de filósofas que han contribuido de manera significativa y rigurosa al desarrollo y consolidación del pensamiento en ese país, de entre quienes podemos mencionar a Esperanza Guisán, Adela Cortina, Victoria Camps, Cecilia Amorós, Chantal Maillard… Pero en esa pléyade brilla el nombre y el camino de una filósofa menos conocida en nuestro mundo académico, por lo cual el propósito de este texto es el de motivar a los estudiantes a explorar y transitar un poco ese camino. Se trata de la figura y del trabajo de una filósofa de importancia singular: María Zambrano, cuyo pensamiento, complejo pero iluminador, se desenvuelve en los límites entre filosofía y poesía. Aquí[i] me referiré tan sólo a algunos datos biográficos relacionados especialmente con el tema de la filosofía política, tema que ocupó con hondura, no sólo sus reflexiones, sino también su vida personal. Para ello tendremos que hacer algunas referencias al contexto que está en el fondo de su pensamiento.

María Zambrano: la calidad de un espíritu independiente en un ambiente socavado

María Zambrano dijo algunas veces que ella decidió estudiar filosofía para salvar a su padre.  Esta necesidad de salvación pudo ser, en  un  sentido, la de comprender el motivo  de  la   figura humana que su padre representaba un tipo de hombre y de persona dispersa, personaje de novela de Benito Pérez Galdós ("razón esta  última", como  observó Concha Meléndez, "del interés amoroso con que estudiara María Zambrano la obra galdosiana") que  encarna ejemplarmente la dispersión esencial del hombre español. Pero junto a este aspecto histórico y literario que don Blas pudo significar, la necesidad de salvación del padre apareció en su hija devotísima como reacción ante  una situación particular, que sin dejar de formar parte de aquel arquetipo cultural del hombre español,  tuvo que ser vivida y afrontada por  ella en los términos, menos abstractos, de la convivencia cotidiana. 

María Zambrano y el destino de la palabra

“¿A quién le han otorgado este año el Premio Cervantes?” Frente a mí está un funcionario del Ministerio de Cultura de España que me responde. “No sé, es a una viejecilla cuyo nombre he olvidado” “¿Será María Zambrano?” le digo y afortunadamente en ese momento aparece mi gran amiga Jubi Bustamante quién me aclara que sí, que es María Zambrano la ganadora ese año y me invita a la Ceremonia. A mi hospedaje llega al día siguiente la invitación con la información de la hora del transporte hasta Alcalá de Henares.

La razón poética de María Zambrano

Podríamos empezar afirmando que la filósofa española María Zambrano es uno de eso casos en los cuales ciertos pensadores se vuelven más mencionados que efectivamente leídos o comprendidos. Su signo parece ser el no–lugar y la errancia; atravesada por la experiencia trágica de la guerra y el exilio, María escribió la mayor parte de su obra fuera de España. Nunca se consideró una filósofa; ella, al igual que su maestro José Ortega y Gasset, se consideraba pensadora del alba y de la penumbra. Conscientes de que el exceso de luz era otra manera de ceguera –refriéndose a la luz de la razón llevada hasta el paroxismo– preferían esos momentos en que las sombras atisban o abandonan parcialmente las cosas y las muestran en su natural desnudez y fragilidad, por esto hablaron siempre primero desde la vida y lo vivo, antes que desde los grandilocuentes y abstractos conceptos.