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Eduardo Escobar: esplendor verbal y lúcido razonamiento

Eduardo Escobar, como su muy querido y admirado Fernando González, prefirió la vida del espíritu y del exilio lector. Poeta. Novelista. Prosista. Pintor. Ensayista. Crítico. Melómano. Certero retratista. Como el escritor de Otraparte, mira la tontería y la maldad humana, con lucidez, humor y desencanto. Sin mucha esperanza sobre la suerte de la especie humana. Y también se examina continuamente, y se flagela a sí mismo. En las tentaciones. Las dudas. Los errores.

Presentación de «Cuando nada concuerda»

En la introducción a su nuevo libro de ensayos Cuando nada concuerda (2013), Eduardo Escobar se refiere al nadaísmo como la escuela en donde se formó con el liderazgo de Gonzalo Arango (ídolo juvenil del siglo XX), y cientos de autores representativos de la literatura y el pensamiento universales.

Mi hoja de vida

No puedo enorgullecerme de ser la excepción a la regla que presume que los antioqueños son la mata del trabajo. Aunque milité en el movimiento nadaísta, que predicó en los años sesenta del hiperactivo siglo XX, ahora, muerto y podrido, que el trabajo es un atentado contra la dignidad humana y que el hombre fue creado para el ocio creador, trabajé más de la cuenta, para mi gusto. O para mi disgusto. No me quedó remedio que sudar contra mi alma principesca.

Talvez hubo una vez

Tal vez estamos muertos desde ayer Y el guardián de la puerta de hueso no ha tenido la cortesía de informarnos que ya no pertenecemos al aire de los vivos Tal vez nos dejamos atrás hace rato Y acicalamos con amor antiguo el error de unos hábitos Que nos resistimos a olvidar en un lecho de polvos aprestados...

Vigencia de Albert Camus

El siglo xx, en medio de atrocidades y deslumbramientos, hallazgos felices y grandes desgracias, manifestó las quintaesencias de una civilización en litigio perpetuo, de unas formas temporales y de unas maneras de entender el mundo, que no tenemos más remedio que padecer, aceptar, y querer, y a veces repudiar. Todas las palabras que el pasado había llenado de prestigio fueron releídas para su escenario. Las palabras patria, libertad, destino, individuo, fueron redefinidas y desmontadas de sus viejos sentidos y colocadas en otras perspectivas. Detrás de la muerte de Dios y de la destitución del alma que fue su otra osadía vió el fin de la pintura, el ruido vino a reemplazar la música antigua, rebajó la literatura a simple apéndice de la industria editorial y dudando de todo acabó contentándose con los libros de autoayuda, con Paolo Coelho, las iglesias de garaje y los rituales de las velas de colores y el conjuro chamánico, en una regresión inesperada.

Eduardo Escobar, el personaje

Los nadaístas somos a veces tipos muy de malas para el amor. Yo no me quejo, pero lo digo por Eduardo Escobar, un nadaísta encartado con una de las almas más poéticas de mi generación.

Sobre un equívoco

Cuando el poeta Amílcar Osorio fumó marihuana la primera vez dijo con una sonrisa regada por toda la cara: me siento como si me hubiera comido un circo. Y agregó. Con payasos y todo.

Biografía de un santo sin aureola

Se pudo llamar Malaquías, Atila, o Pablo Sexto, pero se llama Eduardo Escobar. Es el autor de la Invención de la uva y los Monólogos de Noé. No tiene corona sino una gran melena como estilan los santos de nuestro tiempo, santos sin cielo. Vive en cualquier parte donde lo coja el día, contento, y no se suicida. Piensa que es mejor ser Eduardo que nada, tener zapatos que alas.

Carta muy amistosa a Carlos Gaviria-Díaz

Mi querido Carlos. Yo te dije cuando comenzabas a ganar ascendiente en el Polo, un ascendiente inesperado para mí en una liga heterogénea de ex secuestradores, ex sindicalistas devotos de Narciso y señoritos de la izquierda exquisita que disfrutan la vanidad de proponer la reforma de todo, y revolviendo el río de las ilusiones mientras ganan barriga, o se llenan la bolsa, que los políticos son gentes difíciles de entender y manejar, demasiado egoístas para ser buenos amigos.