El encierro
Carl Martin no entendía qué tan grave habían sido sus actos para que lo tuvieran encarcelado. El estar algunas horas detrás de los barrotes, en una celda maloliente y fría, le producía una mezcla de extraños sentires: miedo, nauseas y ansiedad. Él no podía reconocerse a sí mismo, sus piernas le temblaban y las manos le sudaban. Carl se sabía un hombre aguerrido, y sin temores, aún en momentos en que su existencia había corrido peligro a cada segundo. Pero, la cárcel, el encierro, lo tenía sumido entre el asombro y la desesperación. En realidad, lo más angustiante era el desconocimiento de los cargos en su contra, y la sentencia que le dictaminarían; de ahí su desconcierto e incapacidad para conciliar el sueño.