Historias de Tel-Aviv
Cuando nos pasamos, éramos los más jóvenes del edificio más viejo de la calle Ezequías en el norte de la ciudad. Los demás apartamentos estaban habitados por personas que habían llegado al país hacía años y años. Nuestros vecinos de piso eran un hombre y una mujer, polacos creo, que tenían tatuado en el brazo el número que los marcó como sobrevivientes para siempre, no hablaban ni pizca de hebreo y pasaban horas y horas larguísimas cuidando una veintena de gatos callejeros que habían adoptado y que ya se veían gordos y mimados.