El vendedor de espantapájaros
Desde el día que mi padre salió a vender espantapájaros por la vereda, Aurora se acostumbró a esperarlo todas las noches a la vera del camino. Ahí se quedaba hasta la madrugada, aguantando frío y tragando luciérnagas, tantas que ya no parecía ser la que era sino un alma fosforescente, tan llena de luz por dentro que ya se le notaban los huesos.