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Eugenio Montejo: las voces que confluyen

Eugenio Montejo quiso despedir el siglo XX anticipadamente: en 1992, en su entrañable Lisboa, publicaba casi un opúsculo llamado precisamente Adiós al siglo XX. Si el poeta anticipaba un adiós es porque se reconocía como un habitante raigal del siglo pasado y porque nada trastorna más a los hombres que la vuelta de un milenio.

El pan y las palabras: poesía de Eugenio Montejo

La poesía de Eugenio Montejo persigue abarcar el mundo en su totalidad, escribió Francisco Rivera en un revelador ensayo sobre el poeta publicado en 1981 (Revista Eco, Bogotá, Núm. 232). El acierto de la conclusión es notorio cuando se ordenan las claves de los textos en un sistema de relaciones significativas que los iluminan recíprocamente: los símbolos de un poema específico proyectan múltiples y aún más ricos sentidos cuando se ven como un proceso: vale decir, se valorizan mediante y gracias a las alianzas que entabla esa comunidad textual. El lector descubre entonces un corpus constituido no como una suma sino como un diálogo.

El ronco clamor. Reflexiones sobre «Partitura de la cigarra» de Eugenio Montejo

El título de este ensayo debería ser más redundante aún: la terredad en Terredad, se me ocurre. Me quedo con un verso de Montejo, “estar aquí en la tierra” (Montejo, Terredad, 27) porque apunta hacia la palabra que se dibuja y desdibuja a lo largo de este poemario, haciendo equilibrio sobre el límite, en un umbral de materia y tiempo, de tacto y luz.

Ecos de voces montejianas en una caja de resonancia triangular

No son muchos los escritores que, habiendo cultivado varios géneros literarios, hayan logrado una atención y ponderación crítica, digamos, equitativa. Es decir, una en la que no se haya privilegiado la valoración de la obra de ese escritor en un género en particular, en desmedro, minusvalía o simplemente desatención de los otros. Este fenómeno pareciera más evidente en el caso de escritores cuya obra aún se encuentra en desarrollo, a los cuales se les sigue viendo, fundamentalmente, desde el género que les otorgó su primera visibilidad crítica. Tal vez, en aquellos casos donde ya se cuenta con la perspectiva que ofrece la obra concluida, la crítica sea más proclive a establecer balances de conjunto que procuren una visión más integradora de la totalidad o, en su defecto, una menos refractaria a la posibilidad de considerar virtuales articulaciones entre los diversos corpus genéricos que la constituyen.

Eugenio Montejo, ensayista

Me propongo rastrear en la prosa de Eugenio Montejo las zonas donde su poética se abre a los dominios de lo ético. Ello supone una discusión de sus dos libros de ensayo ortonímicos, La ventana oblicua (1974) y El taller blanco (1983 y 1996), de su ensayismo heteronímico tal como lo representa El cuaderno de Blas Coll (varias ediciones aumentadas entre 1981 y 2007) y, asimismo, una consideración lateral de lo que significa su interés en la escritura que llamó “oblicua”, donde se someten a prueba los supuestos usuales de la identidad.

«El taller blanco»: lectura reflexiva de Eugenio Montejo

Leer al poeta venezolano, Eugenio Montejo, como prosista es la enseñanza de un escritor que reflexiona y evidencia a un artista sensible, paradigma de su tiempo, tanto en formas de ser como de buscar mejores destinos para lo porvenir. De aquí que El taller blanco (1996)[1] de Montejo lo pudiéramos considerar un volumen de joyas reflexivas; a pesar de que ha sido escasamente atendido en artículos, o reseñas. Solamente, Pedro Lastra, Juan Medina Figueredo y Miguel Gomes son los únicos quienes se han referido a este texto; ya que, la mayor atención se ha ocupado de su poesía.

Honor, alegría y responsabilidad (Lección al recibir el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo; México 2004)

I. No ha sido corto el camino para llegar a este recinto. Y en verdad no podría serlo porque se trata del camino de una vida cuyo rasgo más determinante, si alguno ha tenido, es haberse destinado a servir a la poesía. Los primeros pasos, ocultos ya por el olvido, quizá dejaron entre sus huellas la harina del taller blanco, el nombre con que en otra ocasión me he referido a la vieja panadería que cobijó mi infancia, al reivindicarla como la primera aula frecuentada en mi aprendizaje de la poesía...