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Hannes Heinz Goll: el vagabundear del artista

Conocí a Heinz Goll, en Manizales, una tarde soleada de enero de 1998. Se realizaba una muestra internacional de arte y en el pabellón de Austria encontré al pintor, vuelto de espaldas al público, con un pincel en su mano derecha retocando la máscara de un chamán de una de sus últimas cenas, con una pipa caoba en la boca y con una cola de caballo recogiendo sus largos cabellos de blanco dorado. Me acerqué y sentí la necesidad interior de expresar en voz alta, para que me oyera, lo siguiente: los artistas que continúan pintando durante las exposiciones son símbolos encarnados de los alquimistas del Medioevo y del Renacimiento, para quienes su arte pictórico era una metáfora de su transformación espiritual en el atanor de la vida creativa.

Reflexiones sobe la obra de Adalberto Agudelo-Duque

Adentrarse con deleite y sin prevención en la obra de un escritor, excluido por la élite editorialista, pero al mismo tiempo premiado con holgura, y casi siempre, por la marginalidad cultural, es un hecho, además de curioso, extraño, insólito, hoy día. Porque navegar en aguas apacibles de nuestra literatura comercial es placentero, embriagador, cautivante; pero cuando nos sumergimos en torrentes corrientosos de un escritor poco rentable para el negocio del libro, pero con una propuesta bien estructurada y de gran calidad,  el papel del navegante exige algo más que “el piloto automático” en nuestro viaje. Su escritura, prolífica, variada, con matices diversos, exige del lector una actitud alerta y creativa, pues se trata de una obra construida con múltiples perspectivas, donde la trayectoria argumentativa se arma en diferentes niveles y en dinámicas sorpresivas, nada lineales; donde, al igual que en la realidad cotidiana, los eventos se suceden no sólo secuenciales, uno tras de otro, sino que además pueden ocurrir simultáneos, sincrónicos; donde las palabras tienen la pretensión de atrapar el juego caleidoscópico de nuestra realidad, tarea nada fácil.

El ex libris

Claudia Patricia jaló la sábana hasta su mentón y volvió a abrir los ojos. Una inspiración profunda la convenció de que allí, pocos cientos de metros por encima del valle de Aburrá, el aire era más limpio y pacífico. Su vista abandonó las flores moradas de los sietecueros y recorrió la habitación: tres de las paredes de bahareque estaban cubiertas por estanterías llenas de libros, dos de ellas ennoblecidas por el ebanista y la tercera armada con tablones rústicos sobre ladrillos.

«El mapa de Sara», de Octavio Escobar-Giraldo

Alfredo es un adolescente de Manizales que vive por Villapilar, estudia en el Instituto Universitario, tiene una hermana que se llama Jimena, su papá se llama Alfredo y su abuelo también. Su vida transcurre entre el colegio, el fútbol y el entorno familiar, que gravita en torno al Tío Pipo, como le dice cariñosamente a Esteban, el único hermano de su papá, quien repara televisores y sufre un trastorno mental.

NOTAS

Dos voces, un ámbito (por: Valentina Marulanda. Publicado en el periódico “La Patria”, Manizales, 26 de marzo de 2008). Dos de los escritores más interesantes de Colombia en este momento los tiene Manizales: Orlando Mejía-Rivera y…

Presentación de la edición monográfica dedicada a Eugenio Montejo

La considerable producción de Eugenio Montejo (Caracas, 19 de octubre de 1938 — Valencia, Venezuela, 5 de junio de 2008), abarca no solo poemarios como Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1987), Adiós al siglo XX (1992), Partitura de la cigarra (1999), Papiros Amorosos (2002) o Fábula del escriba (2006), sino también volúmenes de ensayo, poesía y prosa heteronímica y compilaciones a veces refundidoras de su escritura —entre otras, las puestas en circulación por Laia (Barcelona), el Fondo de Cultura Económica (México), Monte Ávila (Caracas), Norma (Bogotá) o Pre-Textos (Valencia, España)—.

Apólogo de los árboles

Tal vez fue en el boulevard de Sabana Grande, o en mi flamante apartamento de Valle abajo en Caracas, donde por primera vez vi a Eugenio Montejo; pero, si mi memoria falla en el espacio, es precisa en el recuerdo de su presencia, del impacto que me produjo la suavidad y delicadeza de sus gestos, su cordial amabilidad y bien fundada humildad. Era el año de 1970. Ahí estaba frente a mí un poeta que no era el estereotipo del pretencioso poeta de la década del 60, porque Eugenio más bien respondía con su compostura y erudición a lo que una vez me había dicho el poeta Jaime Jaramillo Escobar: “Como poetas, nosotros tenemos una gran desventaja porque somos casi analfabetos, nos hemos hecho en la calle, y la poesía merece el estudio, y la reflexión que proviene de una buena educación.”

De la quietud – La muerte de Eugenio Montejo (1938-2008)

Dos grúas amarillas maniobran sobre la avenida Bolívar de Valencia. Los brazos mecánicos giran lentos, con pereza, como si no se supiera bien qué cargan o a qué responden. Los operadores apenas se ven, ocultos tras unas cabinas transparentes que parecen flotar en todo lo alto. Ya es mediodía y el sol enceguece las miradas de tanto resplandor. Más allá de un seto de cayenas o palmas reales, la avenida se muestra con las entrañas al aire: huecos, lagunas, cemento recién fraguado y mucho polvo amarillo, que el viento levanta en ráfagas para esparcir por todos los alrededores.