¿Cuándo empecé a escribir este texto? ¿Cuándo la leí por primera vez? ¿Cuándo la vi por primera vez? ¿En qué momento las palabras comenzaron a dar vueltas por mi mente buscando un ritmo, una sintonía, un tiempo? ¿Por qué hasta hoy me atrevo a contarlo contándomelo? Así es como escribo: me cuento una historia para que otros la vean. Miro para que otros miren y después, si se logra, se repita el gesto. La acción se multiplique. ¿Pero cuándo empecé a escribir este? ¿Sería acaso cuando Juan Felipe Robledo, mi amigo, me dijo hace muchísimos años que había encontrado una tarde, andando destruido por el centro, en una librería a la que yo lo había llevado, un libro de una poeta que sabía me iba a gustar? ¿O cuando en junio de 1996, antes de mi cumpleaños, salí con una bandeja llena de bocaditos para repartir en medio de la conferencia de prensa del lanzamiento del coloquio "Paradiso Treinta años de un mito" y la vi, al fondo, atrás casi invisible, al lado de un hombre de pelo blanco y una mujer muy parecida a ella? La gente se amolotaba frente a la puerta por donde salíamos los repartidores. Se abría y una horda se arrojaba sobre nosotros. En menos de un segundo ya no quedaba nada. Ni una sola galletica podía sobrevivir a aquel embate. Allá estaba ella y yo acá, tratando de acercarme con la mejor excusa de ese momento: "¿Perdón, quiere un pasaboca?". ¿Qué más podía decirle? ¿Cómo podía hablarle a ella a quien había leído y releído ya tantas veces? Aunque no parezca (lo disimulo muy bien) me habita una timidez proverbial, angustiosa, que me impide actuar con naturalidad y tranquilidad en ciertos momentos. La mejor defensa que he encontrado ante ello es un arrojo suicida (como diría Catalina Arévalo): a todo o nada.