Lo conocí en abril de 1982, cuando uno de sus amigos me llevó a su casa del barrio La Castellana, en un sábado soleado pero frío. En ese tiempo Héctor-Juan ya era un mito entre los estudiantes de filosofia de la Universidad de Caldas y las nuevas generaciones de poetas, novelistas y ensayistas en ciernes que leíamos y vivíamos entre el campus universitario y las noches turbulentas que se iniciaban en Kien y finalizaban en la casa de una poeta del barrio Chipre o en las alboradas tangueras del Tico-Tico de Arenales. Sin embargo, allí nunca se veía por esa época a Héctor-Juan, y solo se le conocía de oídas por sus amigos de generación. Decían, como surrando un secreto, que él era uno de los más grandes lectores y conocedores de la obra de Nietzsche en Colombia, y que como su amado pensador de "Otra Parte" el paisa Fernando González, había entendido que la filosofía sólo podía escribirse y pensarse desde las propias entrañas, en medio de la vida misma, con el riesgo de la soledad y la peligrosa búsqueda íntima de cada cual.