La única
Hace años y años, como ciento uno o ciento dos, las calles de Tel-Aviv eran apenas un sueño en la mente alucinada por el calor imposible del verano, entonces árabe o tal vez turco o yo qué sé de un iluminado que cabalgaba a lomos de un caballo por estas playas de Dios, según cuentan. Esas calles de ensueño están hoy toditas sembradas a lado y lado de grandes ficus frondosos, parecidos a los laureles de Medellín, pero con fruticas redondas y negras enredadas entre las hojas verdioscuras que a finales del invierno y hasta ya entrado el verano se caen de su árbol y convierten las aceras en un mosto pegotudo que se trae hasta las casas adherido a suelas de zapatos y sandalias.