Me agrada sentir como me envuelve la brisa marina aquí en lo alto del promontorio de Coryphasimon, a la entrada de la bahía de Pilos, donde me encuentro tendido en una parihuela de pieles de cabra reponiéndome de mis heridas, a la sombra del pórtico del templo de las Moiras, las diosas del destino. Soy guardián de este lugar y no un sacerdote, pues al destino no se le puede rendir culto ni ofrecer sacrificios para detenerle, comprarle o tratar de manipularle, como ocurre con otras deidades; el destino es implacable. Así pues, este es un templo solitario y tranquilo donde no vienen procesiones, ni gentes en peregrinación pues ¿qué podrían pedirle u ofrecerle al destino? Vienen, eso sí, solitarios o gentes aisladas a mucho meditar. Algunos se acercan a mi humilde morada, situada en el fondo de los jardines del templo, y me buscan para conversar y yo les doy comida y abrigo.