Carlos-Alberto Ospina o el espíritu de la ecuanimidad
No deja de ser interesante pensar en las relaciones que uno tiene con los demás. A no ser que se crea que “No se mueve una hoja si no es por la voluntad de Dios” –frase ésta que la pronuncia Don Quijote en diálogo con Sancho, aunque equivocadamente se piense que aparece en la Biblia–, es decir, a no ser que se adopte un enfoque determinista, bien sea religioso, bien sea científico, el factor fundamental es sin duda el azar. No existe una ley que explique el hecho de que un pastuso llegue a una universidad en Manizales –en mi caso a la Universidad Nacional–; que después de algunos años se vincule a otra universidad –en mi caso a la Universidad de Caldas, y que, en 1975, en el primer semestre, comiencen a estudiar filosofía varios estudiantes, entre ellos Carlos Alberto y yo. Este tipo de circunstancias no tiene nada de extraordinario, y se presentan a cada una de las personas a lo largo de sus vidas, en las múltiples relaciones que se dan en distintos escenarios y contextos, lo cual va conformando la biografía de cada cual.