Educar para el regreso a casa. Vigencia de los ideales humanistas
El conflicto es una condición consustancial al carácter humano, como muy bien lo entendieron los griegos. Aunque no solo entre los hombres, porque desde la primera generación de sus dioses el antagonismo y la disputa también estuvieron presentes. Si fue así entre los dioses, con mayor razón en la comunidad humana, inicialmente surgida de la tierra, hasta el punto de que se habla de una generación de hombres, guerrera y salvaje, “de la época de bronce”, cuyos miembros se aniquilaron entre sí hasta el último de ellos. Antes, otra generación, “la de plata”, había desaparecido exterminada por Zeus por haberse negado a ofrecerle sacrificios. El nuevo comienzo es el que conocemos como la generación de Prometeo, quien formó los hombres de las cenizas que quedaron de los Titanes cuando terminaron derrotados por Zeus. Pero Prometeo forma los hombres rivalizando, a la vez, con los dioses olímpicos a quienes les arrebató el secreto de las artes y el fuego para dárselo a los mortales, quienes sin él no hubiesen podido sobrevivir. Prometeo, el primer protector de lo humano, creyó además hacerle un gran favor al hombre encerrando en una caja todos los males que como mortal podrían aquejarle: las enfermedades, el dolor, la locura, los vicios, las pasiones, el deterioro físico y la muerte. Pero Zeus implacable envió a Pandora quien dejó escapar todos los males y los esparció por el mundo; en el fondo sólo quedó, como sabemos, la esperanza. Ésta por lo menos liberó a los hombres del impulso a ponerle fin a sus días, ante la magnitud de los males que les llegaron. “Según otra versión, los hombres se acurrucaron pasivamente en la penumbra de sus cuevas, ya que conocían la hora de su muerte. Entonces Prometeo les concedió el olvido. Desde ese momento supieron que habían de morir, pero desconocían cuándo. Y se encendió en ellos el afán de trabajo, al que Prometeo dio nuevo aliento con el don del fuego” (Safranski, 2010, pp. 20-21).